A los 13 años, mi vida cambió de manera radical cuando mis padres decidieron separarse. Lo que antes era un hogar lleno de risas y estabilidad se convirtió en un campo de batalla emocional. Me encontré atrapado en medio de su distanciamiento, sintiéndome invisible y abandonado. El dolor y la confusión eran insoportables, y comencé a buscar consuelo en lugares equivocados. Las drogas aparecieron en mi vida como una forma de escape, un refugio que me ofrecía un alivio momentáneo del caos que me rodeaba. Al principio, fueron solo una curiosidad, una manera de desviar mi atención del sufrimiento en casa. Pero pronto, se convirtieron en algo más: una adicción que comenzó a controlar cada aspecto de mi vida.